“La guardería de mi hijo es una residencia de ancianos”

Así es el programa intergeneracional de la residencia Orpea Meco, en al que se ha integrado una escuela del primer ciclo de Educación Infantil.

Es jueves. Día de jugar con los amigos mayores. La clase de Adrián, de tres años, participa en un programa de terapia intergeneracional en el que comparten actividades con un grupo de ancianos con deterioro cognitivo. No tienen que hacer ninguna excursión: su Escuela Infantil está dentro de la residencia Orpea, un centro para la tercera edad situado en Meco que se convirtió, hace ya quince años, en el primero en impulsar un verdadero proyecto intergeneracional planteado a largo plazo y de forma continuada.Para ello, los espacios se repensaron, incluyendo una guardería dentro de la propia residencia.

“Al principio había un poco de rechazo de las familias”, cuenta Eva del Toro, terapeuta ocupacional de Orpea y una de las pocas profesionales intergeneracionales de la región. Pero poco a poco, a base de experiencias, se han tumbado los prejuicios. “Yo vivo aquí en el pueblo y he oído a madres hablando de que traen aquí a los niños porque aprenden muchas cosas de los mayores”, asegura Del Toro.

Se cree que lo intergeneracional es juntar niños y ancianos, pero es toda una filosofía

Los programas intergeneracionales consisten en explotar los beneficios que tiene la interacción entre personas de distintas generaciones. Según Del Toro, es una tendencia al alza. Tanto, que parece que “está de moda” y a veces se cree que “lo intergeneracional es juntar niños y ancianos”. La realidad es que, para que funcione, debe ser algo más profundo y, sobre todo, continuado en el tiempo. “A veces estas iniciativas se quedan en lo superficial, cuando hay cosas mucho más profundas, un concepto filosófico detrás de todo este trabajo”.

Foto: Javier Bernardo
Foto: Javier Bernardo

Por eso, iniciativas como la del grupo Orpea facilitan la interacción real entre ambos grupos de edad, que realizan actividades conjuntas una vez a la semana, siempre con los mismos integrantes y las mismas reglas del juego; pero que además mantienen un contacto extraprogramático de forma sostenida, un “privilegio” para este tipo de terapias.

Los extremos se tocan

“Vivimos en una sociedad muy compartimentada: los niños están en un espacio y los mayores en otro, y apenas se relacionan; la ventaja que tenemos aquí es que en el mismo espacio convivimos los dos extremos del ciclo vital”, explica Del Toro, quien ve a ambos grupos generacionales unidos por estar en los márgenes de una sociedad calibrada en base a lo económico:

“Ambos grupos de edad están muy apartados socialmente, porque vivimos en una sociedad que tiene el sesgo que tiene”

“No me gusta decir que los mayores son como niños porque no es cierto, ellos son adultos y tienen un bagaje de vida importante. Pero sí es verdad que ambos grupos de edad están muy apartados socialmente, porque vivimos en una sociedad que tiene el sesgo que tiene, y ninguno de los dos contribuye económicamente a ella”.

En lo práctico, y salvando las distancias, también se trabajan materias similares: actividades básicas de la vida diaria, como vestido, higiene o arreglo personal; lenguaje, control de esfínteres, capacidades cognitivas, psicomotricidad… El problema, según Del Toro, es que hay poco material para trabajar estos aspectos enfocados a adultos. “Haciéndolo de forma conjunta, tiene más sentido usar material de niños y a los mayores les entra mejor”, explica.

Acompañar

El momento de contacto entre residentes y alumnos es sencillo. El trabajo de las terapeutas se realiza antes, seleccionando a los participantes, evaluándolos, programando las actividades…

Para seleccionar a los mayores que participarán, la premisa de Del Toro es la “necesidad terapéutica”: que “le pueda venir bien” al residente. A partir de ahí, la terapeuta busca“deterioros cognitivos importantes” y “problemas de adaptación”, siempre y cuando “les gusten las relaciones”.

“Los niveles de funcionabilidad son muy parecidos”

La dinámica consiste en actividades “muy sencillas, porque los niños tienen entre dos y tres años y los mayores, un deterioro importante”, cuenta la terapeuta: pequeños paseos, que en otoño sirven para recoger hojas y en primavera, para observar las flores; trabajar la comunicación, la creatividad a través de plastilina, la psicomotricidad, canciones tradicionales para la memoria o actividades básicas de la vida diaria como lavarse las manos.

Foto: Javier Bernardo
Foto: Javier Bernardo

“Los niveles de funcionabilidad son muy parecidos, son actividades comunes, lo que pasa es que nuestro modelo de trabajo desde terapia ocupacional es un modelo neurológico y el de ellas es un modelo educativo, pedagógico, pero en el fondo la actividad es la misma”.

Tras ese trabajo previo, el papel de terapeutas y profesoras consiste en volverse casi invisibles. “Nuestro trabajo básicamente es acompañar. Durante el trayecto, la dinámica la tiene que tener ellos, son los protagonistas”, explica Del Toro.

Siempre trabajan los mismos niños con los mismos mayores, para que su relación se vaya consolidando a lo largo del curso: “Son dos grupos grandes que se juntan, pero es de esa relación única, más personal, de donde surge todo”. Ese proceso constante se ve favorecido por la característica concreta de esta residencia-escuela. “Incluso cuando no estamos nosotras, cuando llegan los niños por las mañanas, les saludan, también a los padres; interacción, aunque no haya un gestor en ese momento, existe y aporta al programa”, afirma la terapeuta.

Los niños intergeneracionales

“Al principio le daba como miedo”. Luz, la madre de Adrián, reconoce que el primer contacto no fue del todo fácil. Ahora el niño coge de la mano a su “amiga mayor” para pasear por el jardín de la residencia-escuela. “Es un niño que se mueve mucho y desde que participa en el programa ha aprendido a ir más despacio”, destaca.

El principal aprendizaje para los pequeños consiste en entender qué es el proceso vital

“Los niños aprenden mucho, sobre todo en relaciones sociales, valores como la solidaridad, el cariño, el afecto o el respeto”, añade Del Toro. Sin embargo, para la terapeuta, el principal aprendizaje para los pequeños consiste en entender qué es el proceso vital.

“Conocen lo que es el déficit, la enfermedad, la vejez… eso yo creo que les enriquece”. Destaca, además, que en este programa no hay sesgo de enfermedad ni de dolor. “Van personas afásicas, con demencia, con alzhéimer; hemos tenido parálisis, hemiplejias, sillas de ruedas, andadores; por lo general, tenemos mucho miedo a la enfermedad y al dolor y, gracias a las relaciones que establecen aquí con sus amigos mayores, los niños terminan enseñándole a los padres que esto existe y que no pasa nada”.

Foto: Javier Bernardo
Foto: Javier Bernardo

Inter… cultural

Luz es latinoamericana y sus padres no están en España. “Antes, Adrián ni siquiera tenía la imagen de lo que es un abuelo”, cuenta la madre a este digital.

Esta es otra de las fortalezas de la terapia intergeneracional en una sociedad como la española, según Del Toro. “También es un aprendizaje intercultural e inclusivo: los niños de padres extranjeros que se están criando aquí aprenden las canciones populares, la cultura, los procedimientos… y eso también es muy rico”, señala.

Foto: Javier Bernardo
Foto: Javier Bernardo

Un cambio de estatus

Eva del Toro, con más de una década de experiencia en terapia intergeneracional, cuenta cómo en las residencias de mayores se reproduce una especie de “minisociedad” en la que se “etiqueta a la gente” y “los que se ven como más válidos miran con un poco de desdén” a los que tienen más deterioro.

“Con este programa, se evidencia que esas personas con mayor deterioro también son capaces de asumir ciertos roles y responsabilidades, y ya se les mira de otra manera. Se deja de ser una etiqueta de Alzheimer y se vuelve a ser una persona y eso es muy interesante para ellos”.

 

Autora: Laura Crespo                                        Web: www.madridiario.es

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